
En el pueblo de San Gabriel nadie podía explicar por qué esa casa siempre parecía distinta a las demás.
No era más grande, ni más pequeña, ni más antigua. No había rumores de fantasmas confirmados ni tragedias registradas oficialmente. A simple vista, era solo una casa más. Sin embargo, quienes pasaban frente a ella sentían algo difícil de poner en palabras: una ausencia extraña, como si algo estuviera fuera de lugar.
Lo que nadie entendía era un detalle que, con el tiempo, se volvió inquietante:
esa casa no proyectaba sombra.
Al principio, muchos pensaban que era una ilusión. Tal vez era la posición del sol, quizá el ángulo de la calle, tal vez solo una idea exagerada nacida del boca a boca del pueblo. Pero cuando algunos vecinos se detuvieron a observar durante distintas horas del día, cuando el sol se movía desde el amanecer hasta el atardecer, la certeza apareció: mientras todas las casas proyectaban sombras que se estiraban lentamente por las aceras, la suya permanecía intacta, bañada de luz, completamente ajena al juego de sombras del mundo.
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La llegada de Mateo
Mateo Rivas llegó a San Gabriel buscando tranquilidad. Había dejado atrás una ciudad ruidosa cargada de frustraciones, despedidas no resueltas y sueños rotos. Su madre había muerto meses antes, y la herencia apenas le permitía alquilar unos meses en un pueblo olvidado del mapa. Lo único que quería era silencio.
Fue así como terminó frente a aquella casa.
El alquiler era sorprendentemente barato.
—Nadie quiere vivir ahí mucho tiempo —explicó la agente inmobiliaria, con una sonrisa incómoda—. Dicen cosas raras, pero son supersticiones.
Mateo no preguntó más. Supersticiones o no, aquella casa era perfecta para su retiro: amplia, silenciosa, con una vista despejada de los campos.
Firmó sin dudar.
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Las primeras noches
Las primeras noches fueron tranquilas… demasiado tranquilas.
Mateo comenzó a notar que el silencio dentro de la casa era absoluto. No se escuchaban insectos, ni viento, ni crujidos de madera. Ni siquiera el reloj de pared —aunque claramente estaba funcionando— producía sonido alguno.
Pensó que se estaba volviendo obsesivo. El duelo puede generar alucinaciones sutiles, se dijo.
Sin embargo, algo más lo inquietaba. Durante el día, cuando la luz entraba a raudales por las ventanas, dedicó tiempo a examinar cada rincón de la casa. La pintura era reciente. Los muebles parecían nuevos. El espejo del baño reflejaba impecablemente cada movimiento… excepto uno.
Él.
Su reflejo estaba ahí, sí, pero no del todo.
Mateo parpadeó confundido.
En el espejo se veía como una silueta sin profundidad. No tenía sombra detrás de sí, y su reflejo parecía más plano de lo normal. Atribuyó el efecto a la iluminación.
Se alejó sin darle mayor importancia.
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La pregunta prohibida
Al cabo de algunos días, Mateo escuchó comentarios de los vecinos cuando iba al mercado.
—Tú eres el que vive en la casa sin sombra —murmuraban con disimulo.
Finalmente decidió preguntar directamente a la dueña del almacén.
—¿Por qué dicen eso de mi casa?
La mujer se quedó en silencio por unos segundos.
—Porque nadie que entra ahí vuelve a ser el mismo —respondió.
Mateo rio nervioso.
—Eso suena a cuento para asustar turistas.
La mujer negó lentamente.
—No es miedo —susurró—. Es advertencia.
Mateo salió del lugar con una inquietud profunda en el pecho.
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La noche del susurro
La cuarta noche todo cambió.
Cerca de las tres de la madrugada, Mateo despertó sobresaltado por un sonido que parecía venir de dentro de su cabeza:
—Mateo…
No provenía de ninguna dirección concreta.
Se levantó de la cama. Caminó hacia el pasillo.
Las luces estaban apagadas, pero la casa parecía extrañamente iluminada desde ninguna parte.
—¿Quién anda ahí?
No obtuvo respuesta.
Avanzó hasta el salón principal. Entonces ocurrió.
En el centro de la sala apareció su sombra.
Por primera vez desde que había llegado, Mateo vio una sombra proyectarse en el piso… pero estaba separada de él.
La sombra se movía lentamente, como si respirara. Y entonces comenzó a hablarle.
—Yo he estado aquí desde que cruzaste esa puerta.
Mateo retrocedió aterrorizado.
—¿Quién eres…?
—Soy lo que dejaste incompleto.
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El pacto invisible
La sombra explicó lo que nadie en San Gabriel se atrevía a decir:
La casa era un lugar donde las personas fragmentadas —aquellas que habían negado partes de sí mismas— terminaban separándose de sus propias sombras.
Cada inquilino llegaba cargando culpas no resueltas, secretos inconfesables, dolor contenido.
La casa actuaba como un espejo espiritual: expulsaba la sombra que uno escondía.
Mateo recordó la culpa que lo perseguía desde la muerte de su madre: él nunca había ido a verla al hospital el día que falleció. Eligió quedarse trabajando. Siempre se repitió que “ya la vería mañana”. Pero mañana nunca llegó.
Esa sombra había crecido dentro de él.
Hasta ahora.
—Tú me dejaste atrás —dijo la sombra—. Pero no puedes vivir sin mí.
Mateo cayó de rodillas.
—No sabía cómo enfrentar eso…
—Por eso estás aquí —respondió la sombra.
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El regreso
La sombra avanzó hasta fundirse nuevamente con el cuerpo de Mateo.
Un dolor profundo recorrió su pecho, como si se ensamblara algo roto.
Mateo gritó.
Cuando despertó, amanecía.
Salió apresurado al exterior para verificar.
Y por primera vez…
la casa proyectaba sombra.
Había vuelto a ser una construcción normal.
Mateo se miró las manos. Luego buscó su reflejo en una ventana: se veía completo.
Esa misma mañana empacó sus cosas.
Sabía que ya no necesitaba huir.
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Epílogo
Con el tiempo Mateo regresó a la ciudad, cerró ciclos, perdonó errores pasados y visitó la tumba de su madre por primera vez sin sentir que el peso del remordimiento lo aplastaba.
La casa quedó vacía.
Y semanas después… volvió a no proyectar sombra.
Porque siempre habrá personas que lleguen cargando heridas ocultas…
Y la casa seguirá esperando.
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REFLEXIÓN FINAL
Hay casas que se construyen con ladrillos.
Y otras que se construyen con silencios.
La casa que nunca mostró su sombra no es un lugar físico,
es ese rincón del alma donde escondemos lo que no sabemos enfrentar.
Pero tarde o temprano, toda sombra quiere ser vista.