
La Puerta que Solo Se Abría de Noche
Nunca imaginé que el lugar más común de mi casa se convertiría en la fuente de los sucesos más inquietantes que experimentaría en mi vida, porque la pequeña puerta de madera ubicada bajo las escaleras siempre había sido un simple espacio de almacenamiento sin importancia, hasta que una noche descubrí algo imposible: aquella puerta, que jamás había tenido cerradura, comenzó a abrirse sola con una lentitud calculada, como si algo al otro lado esperara pacientemente el momento exacto para revelarse ante mí con un propósito oscuro que yo aún no lograba comprender del todo.
La primera vez lo atribuí al viento, incluso sabiendo que todas las ventanas estaban cerradas, pero cuando volví a observarla segundos después y noté que la abertura era ligeramente mayor, sentí un escalofrío recorrer mi columna porque la sensación de ser observado desde dentro del pequeño cuarto se volvió tan fuerte que tuve que obligarme a no retroceder por puro instinto de supervivencia.
Aquella noche cerré la puerta con fuerza, empujándola hasta escuchar el golpe seco que debería haberla mantenido firme, aunque durante horas no pude evitar mirar continuamente hacia la escalera desde mi habitación, temiendo que volviera a abrirse en medio del silencio absoluto.
Al día siguiente inspeccionar el interior del espacio para asegurarme de que no hubiera animales escondidos, pero lo único que encontré fue polvo acumulado, cajas viejas y un olor ligeramente húmedo que siempre había estado allí, por lo que intenté convencerme de que solo había sido producto de mi imaginación o del cansancio acumulado durante la semana.
Sin embargo, no pude ignorar el detalle más perturbador: la sensación que había experimentado cuando la puerta se abrió era demasiado real para descartar la posibilidad de que hubiera algo más que simples explicaciones lógicas detrás de aquel comportamiento aparentemente inofensivo.
Pasaron tres noches sin incidentes y casi me convencí de que todo había sido un malentendido, hasta que a las tres de la madrugada escuché nuevamente el crujido lento de la madera abriéndose, un sonido tan suave pero tan claro que me levanté bruscamente de la cama con el corazón golpeando mi pecho mientras trataba de convencerme de que debía enfrentar aquello, aunque una parte profunda de mí deseaba encerrarse en la habitación y esperar a que amaneciera.
Aun así, encendí la linterna de mi teléfono y bajé las escaleras con pasos lentos, sosteniendo la respiración en cada peldaño mientras la oscuridad parecía volverse más espesa alrededor de mí.
Cuando llegué al final de las escaleras, la puerta estaba entreabierta por segunda vez, exactamente con el mismo ángulo que la noche anterior, lo que me hizo pensar que no era algo aleatorio ni accidental, sino un patrón deliberado.
Me acerqué con cautela, sintiendo cómo el aire dentro del pequeño cuarto parecía ligeramente más frío que el del resto de la casa, y aunque intenté asomarme para comprobar si había algo dentro, la oscuridad era tan profunda que ni siquiera la luz del teléfono pudo atravesarla por completo, lo que me obligó a tragar saliva antes de empujar la puerta para cerrarla nuevamente con un impulso nervioso.
Aquella noche casi no dormí, porque la duda comenzó a crecer dentro de mí como una presencia que se alimentaba de mis pensamientos, y por primera vez me cuestioné si realmente estaba solo en la casa como siempre creí.
En un intento por tranquilizarme, instalé una cámara frente a la puerta para grabar cualquier movimiento que ocurriera durante la noche, convencido de que obtener una explicación lógica sería suficiente para calmar mis temores, aunque en el fondo sospechaba que la grabación solo serviría para confirmar lo que más temía: que algo invisible estaba manipulando aquella puerta desde el interior de su oscuridad absoluta.
Cuando revisé la grabación al día siguiente, noté que a las 3:06 a.m. la puerta comenzó a moverse lentamente sin que hubiera corrientes de aire o vibraciones que justificaran su desplazamiento, y lo más inquietante fue que en el momento exacto en que alcanzó la misma abertura de las noches anteriores, la cámara detectó una ligera interferencia que distorsionó la imagen durante unos segundos, como si la presencia responsable de abrirla no pudiera ser captada claramente por el lente.
Esa evidencia, aunque incompleta, fue suficiente para confirmar que no estaba lidiando con simples coincidencias, sino con algo que actuaba con intención.
Comencé a preguntarme si la puerta siempre había tenido este comportamiento y yo simplemente nunca le había prestado atención, o si acaso algo nuevo había despertado dentro del pequeño cuarto, alimentándose de la oscuridad acumulada durante años sin que nadie se atreviera a entrar con verdadera intención.
A medida que pasaban las horas, la idea de abrir la puerta completamente para enfrentar lo que hubiera dentro se volvió una obsesión, aunque otra parte de mí sabía que hacerlo podría desencadenar consecuencias irreversibles que tal vez no estaba preparado para enfrentar en ese momento.
La cuarta noche decidí quedarme despierto para presenciar el momento exacto en que la puerta se abriera nuevamente, porque quería saber si realmente estaba preparado para enfrentar la verdad, aunque el miedo hacía que mis manos se mantuvieran frías incluso bajo una manta.
Cuando el reloj marcó las tres en punto, percibí un silencio tan profundo que incluso mi respiración parecía demasiado ruidosa, y segundos después escuché el crujido esperado, un sonido controlado y lento que anunció la apertura de la puerta con una precisión escalofriante que no dejaba espacio para explicaciones superficiales.
Me levanté con el corazón latiendo dolorosamente, y mientras descendía las escaleras con cautela, algo comenzó a cambiar en el ambiente: el aire se volvió más pesado, como si la casa entera estuviera conteniendo la respiración, y sentí una presencia invisible que parecía estar esperándome al pie de la escalera.
Cuando llegué, la puerta ya estaba abierta en el mismo ángulo exacto de siempre, pero esta vez no me atreví a cerrarla de inmediato, porque por primera vez vi algo dentro del cuarto: un leve reflejo, como si dos ojos se adaptaran lentamente a la luz tenue de mi linterna.
Me quedé paralizado, incapaz de moverme mientras sentía que la figura dentro del cuarto respiraba con una lentitud casi sincronizada con la mía, como si imitar mis movimientos fuera parte de un juego macabro.
Cada centímetro de mi piel se erizó al notar que aquella cosa, lo que fuera que se escondía allí, estaba observando de una manera tan intensa que parecía atravesar mis pensamientos, como si se alimentara de mi terror y lo transformara en un vínculo imposible de romper.
Retrocedí lentamente, cuidando no hacer ruido, aunque sabía que era inútil porque aquella presencia parecía escuchar incluso el sonido más leve que producía mi cuerpo.
Di media vuelta para subir nuevamente las escaleras, pero justo cuando puse el pie en el primer peldaño escuché un susurro tan bajo y tan frío que me hizo detenerme de inmediato, un susurro que no debería haber sido posible, porque provenía directamente desde el interior del pequeño cuarto, donde hasta hace unas noches yo creía que solo había cajas viejas y polvo acumulado.
—No cierres…
Aquella voz, aunque apenas audible, tenía un tono extraño que parecía una mezcla entre un niño y un adulto, como si dos voces hablaran al mismo tiempo desde un único origen, creando un sonido que no pertenecía a ningún ser humano.
Sentí las piernas temblar de forma involuntaria, y por un momento consideré salir corriendo de la casa sin mirar atrás, aunque la idea de dejar abierta la puerta y permitir que aquello saliera también era aterradora.
Subí a mi habitación sin volver la vista, enseñándome con llave como si eso pudiera protegerme de algo capaz de abrir puertas con total facilidad.
Pasé el resto de la madrugada sin dormir, escuchando en repetidas ocasiones el crujido de la escalera, como si aquella cosa hubiera salido de su escondite y estuviera explorando mi casa con pasos lentos y pesados que se detenían justo frente a mi habitación, aguardando mi reacción sin tocar la puerta directamente, como si quisiera demostrar que conocía sus propios límites.
Cuando amaneció, recorrí toda la casa para verificar que no hubiera señales de la presencia de la noche anterior, pero todo parecía perfectamente normal, hasta que llegué a la puerta bajo la escalera.
Estaba completamente abierta por primera vez, revelando un interior diferente al que había visto días atrás: las cajas estaban movidas, como si alguien las hubiera empujado hacia los extremos, y en el centro del pequeño cuarto había marcas en el suelo, trazos circulares que parecían dibujados con una herramienta afilada, señales que claramente no estaban allí antes.
Desde esa noche la puerta nunca volvió a abrirse sola, como si la presencia que la manipulaba hubiera encontrado lo que buscaba o hubiera decidido cambiar de lugar dentro de la casa, aunque cada madrugada sigo escuchando pasos lentos que recorren el pasillo, acompañados de un susurro débil que pronuncia mi nombre con un tono burlón, recordándome que la entidad que vivía bajo mi escalera ya no está encerrada en un pequeño espacio, sino que ahora camina libremente por mi hogar.