HISTORIA – “LA NOTA EN EL BOLSILLO”
La lluvia caía con fuerza cuando él comenzó a correr. No sabía si huía de alguien o de sí mismo, pero corría como si el mundo detrás de él estuviera por derrumbarse. Llevaba empuñado un papel arrugado que había encontrado esa mañana en el bolsillo de su madre. Un papel que le había cambiado el pulso.
La nota decía:
“Si él descubre la verdad, desaparece. No lo dudes.”
La letra no era de su madre. Tampoco reconocía la escritura de nadie cercano. Era como una advertencia… o una amenaza.
Con esa frase clavada en la mente, llegó a su casa. La puerta estaba entreabierta, como si alguien hubiese entrado sin querer dejar huellas. Empujó el marco con cuidado, conteniendo la respiración.
—¿Mamá? —llamó con un hilo de voz.
No obtuvo respuesta.
La sala estaba iluminada solo por una lámpara. En la mesa, había una caja pequeña con su nombre escrito a mano. Al verla, algo dentro de él se tensó. Sabía que no era una simple caja.
La abrió con manos temblorosas. Dentro encontró una llave, una fotografía vieja y otra nota. Esta vez sí reconoció la letra de su madre.
“Hijo, si lees esto, es porque la verdad me alcanzó primero.”
Sintió un golpe en el pecho.
¿La verdad? ¿Cuál verdad?
La casa parecía contener la respiración junto con él.
Entonces escuchó un ruido. Un golpe seco proveniente de la habitación del fondo. Se quedó quieto, como si su sombra también hubiera sentido miedo.
Avanzó despacio por el pasillo. Cada paso parecía más pesado que el anterior. Al llegar a la habitación, empujó la puerta y lo vio.
Un hombre que no conocía estaba de pie junto al escritorio de su madre. Era alto, serio, con un rostro marcado por una vida que claramente no había sido fácil. Parecía haberse estado preparando para ese encuentro.
—Llegaste justo a tiempo —dijo el hombre sin moverse.
El joven sintió cómo algo frío se acomodaba en su estómago.
—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi madre?
El desconocido levantó la fotografía que él había encontrado en la caja.
—Ese niño que ves aquí… no eres tú.
El joven sintió que la habitación se inclinaba, como si el suelo hubiera perdido estabilidad.
—¿Qué está diciendo? ¿Qué significa eso?
El hombre lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Tu madre no desapareció. Ella huyó para que no te hicieran lo mismo que me hicieron a mí.
El joven parpadeó, intentando procesar sus palabras.
—¿A usted… qué le hicieron?
—Me adoptaron —respondió él—, pero no por amor. Me adoptaron para esconderme.
El corazón del joven comenzó a latir con fuerza.
—¿Esconderlo de quién?
El hombre se acercó un poco más, lo suficiente para que él pudiera ver la cicatriz que cruzaba su ceja. Esa marca tenía historia, y no una simple.
—De la gente que busca niños como nosotros —dijo en voz baja.
El joven sintió que el aire se volvía más espeso.
—¿Niños como nosotros…? ¿Qué… qué somos?
El hombre no respondió enseguida. En cambio, sacó otra llave, idéntica a la que él tenía en la mano, pero vieja y desgastada, como si hubiera sobrevivido demasiadas puertas y demasiados secretos.
—Tu madre te dejó esta llave porque abre el lugar donde está toda la verdad. Sobre ella. Sobre ti. Sobre lo que realmente eres.
El joven sintió que las preguntas lo quemaban por dentro.
—¿Y dónde está mi madre? —preguntó con un hilo de desesperación.
El hombre lo miró directo a los ojos.
—Ella no huyó para esconderse.
Huyó…
para prepararte.
La respuesta cayó sobre él como un relámpago.
Su vida, su identidad, su origen… nada era lo que había creído.
Y ahora, con una llave en la mano y un desconocido que afirmaba conocer su pasado, entendió que la verdad no iba a esperarlo.
Tendría que ir él a buscarla.
La hoja temblaba en sus manos.
Andrea había leído la nota al menos diez veces, intentando convencerse de que no decía lo que claramente decía:
“Si estás leyendo esto, ya es tarde.”
El reloj de la cocina marcaba las 2:17 a. m. La casa estaba en completo silencio, pero después de leer aquella frase cada sombra parecía moverse, cada crujido del piso sonaba como un paso que se acercaba.
Intentó llamar a su hermana. No contestó.
Fue entonces cuando recibió el mensaje en su teléfono:
¿La leíste?
El corazón le golpeó el pecho con furia.
—¿Quién eres? —escribió.
No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido electrónico de una nueva alerta segundos después:
Nunca fue para ti… pero ahora ya estás dentro.
Andrea recorrió la nota una vez más y notó algo que no había visto antes: al dorso estaba dibujado el plano de su propia casa. Una equis roja marcaba la puerta trasera.
La sangre se le heló.
Un golpe suave sonó detrás de ella.
Toc… toc…
No era la puerta principal.
Su respiración se volvió errática mientras avanzaba por el pasillo, tratando de convencerse de que todo era una broma macabra. Tomó el cuchillo más cercano en la cocina y se acercó a la puerta trasera.
El golpe volvió, más insistente.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
Silencio.
Reunió valor y abrió.
No había nadie.
El patio estaba vacío, iluminado por la luna pálida. Soltó el aire creyendo haber imaginado todo… hasta que comprendió que la puerta jamás había sido usada esa noche.
El polvo del suelo estaba intacto.
Nadie había salido.
Pero alguien había estado dentro.
El teléfono vibró una última vez en su mano:
Ahora la nota es para ti.
Andrea miró alrededor con los ojos abiertos de par en par.
Detrás de ella, el piso crujió.
Y comprendió, demasiado tarde, que no debió leer aquella nota.