
La Habitante del Piso 11
Camila escogió el piso 11 porque desde allí la ciudad parecía detener su ruido y volverse un mapa de luces. Pensó que sería un buen lugar para escribir, para ordenar las piezas de su vida que, hasta entonces, solo habían sido sobresaltos. No sabía que la soledad que buscaba venía con acompañantes que no figuran en ningún registro.
Noche primera: la respiración en el pasillo
Un sonido que no pertenece
La primera madrugada hubo un compás distinto en el edificio, un ritmo que no reconocía. Unos pasos que se detenían ante su puerta y volvían a alejarse. Camila los registró como ruido urbano: vecinos, mudanzas, vidas que continúan. Apagó la luz y trató de concentrarse en las palabras que quería escribir. Pero el sonido volvió, esta vez acompañado de una respiración tenue, como ese aliento que se queda en el cristal cuando hace frío.
Se acercó a la puerta con la curiosidad nerviosa que antecede a un miedo razonable. Por la mirilla no vio a nadie; el pasillo estaba vacío. Sin embargo, cuando apoyó la frente sobre la mira, juraría haber sentido un pulso en la madera, un latido que no era suyo.
Noche segunda: la figura en la esquina
Una presencia que estudia
A la segunda noche, la presencia se hizo visible. No a la luz de los ojos, sino en la refracción de la sombra: una silueta erguida en la esquina de su dormitorio, como si el contorno del cuerpo copara el espacio sin ocuparlo. Camila encendió la luz y la figura se borró como se borra la lluvia del parabrisas. Cuando el silencio volvió, quedó la sensación de que algo se había quedado observando entre las paredes.
Intentó racionalizarlo: el estrés del traslado, la memoria de la soledad, la fatiga acumulada. Pensó en llamar a su mejor amiga, en registrar un video para mostrar a alguien que las cosas no estaban bien. No lo hizo. El orgullo, o la vergüenza, hizo que se tragara la explicación y fingiera normalidad al encender su computadora.
La tercera noche: el roce en la muñeca
Contacto que hiela
Despertó a las 3:11 de la madrugada con la sensación de que alguien le rozaba la muñeca. Un frío pulgar que se demoraba, un contacto breve pero suficiente para que el corazón se acelerara. Al prender la lámpara vio, a pocos metros, una forma que parecía humana y a la vez no; una vestidura que pendía sin ruido, un vacío donde los ojos debían estar.
La figura habló sin abrir la boca, o al menos así lo sintió Camila cuando aquella frase le entró en la médula: “No eres la primera… pero serás la última.” El timbre de la voz no tenía edad; parecía la suma de todos los susurros del edificio.
Conversaciones que no se repiten
El portero y su secreto
Al día siguiente buscó respuestas en la administración. El portero, un hombre de mirada cansada, tardó en hablar. Cuando lo hizo, fue como si sacara palabras de un cajón que no debía abrirse. Le explicó que el piso 11 había tenido historias: mudanzas abruptas, parejas que se separaban, inquilinos que desaparecían al cabo de días. “No es que el departamento esté mal —le dijo—. Es que el piso no deja ir a quienes lo tocan de determinada manera.”
Camila sintió un escalofrío. Se preguntó cuántas casualidades eran, en realidad, puertas cerradas que se convierten en trampillas donde caer.
Un ritual accidental
Objetos que no deben tocarse
Explorando el armario encontró una vieja fotografía manchada en su funda. Era una imagen de aquella misma habitación, pero con otra mujer sentada en la cama, mirando a la cámara con una expresión que Camila no pudo clasificar entre miedo y alivio. Al solicitar más, el portero le dijo que llevaba esa fotografía colgada en la pared desde antes; que la habían dejado sus antecesores como advertencia o recuerdo.
Sin darse cuenta, Camila había movido el ángulo del cuadro dejando al descubierto una pequeña ranura en la pared: una grieta que contenía una carta enrollada. La abrió con dedos que le temblaban y leyó unas líneas escritas con una letra apurada: “Si la escuchas, no luches. Escúchala.”
La noche del espejo
Reflejos que mienten
En la cuarta noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales, el espejo del pasillo devolvió una imagen que no correspondía: la silueta de una mujer detrás de Camila, apoyada en el marco de la puerta. Al girar, no había nadie. El espejo, sin embargo, mantuvo la figura un par de segundos más y luego la borró como si hubiera decidido cerrarse.
Camila comenzó a anotar los detalles, como una científica registrando anomalías. Cada manifestación tenía un patrón: la hora, el frío, la frase, la presencia que terminaba por desvanecerse cuando ella buscaba explicaciones lógicas. Era como si la casa marcara un compás que todos seguían menos ella.
El punto de quiebre
Decisión y descubrimiento
Una semana después de llegar, incapaz de soportarlo más, Camila decidió enfrentar la presencia en vez de huir. Colocó una grabadora en el centro de la habitación y, a las 3:11, esperó. La grabadora captó ruidos —suspiros, pausas largas, una respiración que no correspondía a ninguna de las suyas— y, finalmente, una voz que no pronunció palabras coherentes; un murmullo que se volvió una frase clara al reproducir el audio: “No te vayas. Queda.”
La frase tenía una intención que no era hostil; sonaba casi como un ruego. Camila comprendió que no todas las presencias buscan hacer daño. Algunas no saben cómo liberarse.
La verdad detrás de la puerta
Un destino que se repite
Investigando en el registro del edificio encontró artículos viejos sobre una mujer que había vivido allí hacía una década, una artista que murió en circunstancias ambiguas. Se hablaba de duelo, de aislamiento y de una carta que nunca se encontró. Todo indicaba que esa mujer, en vida, había fabricado un ritual para quedarse con el apartamento; un contrato simbólico que habría terminado por anclar su espíritu al lugar.
Camila comprendió que la casa no era maligna por sí misma. Era el contenedor de una necesidad no resuelta: alguien que no había querido partir y aprendió a retener.
El giro final
Una elección que lo cambia todo
En la última noche, la figura apareció con una claridad tal que Camila logró verla casi sin parpadear: una mujer de rasgos suaves, vestida como quien no envejece, que inclinaron la cabeza con ternura. No hubo amenaza, sino un intercambio silencioso. Camila ofreció lo único que tenía para dar: su presencia, su voz, su promesa de recordar.
La mujer sonrió por primera vez y pronunció con voz tibia: “Entonces recuerda.” Y, antes de desvanecerse, dio un paso atrás y cruzó la puerta del balcón como si se desvaneciera con la brisa. La ventana se abrió sola y una ráfaga de aire limpió el cuarto como quien barre polvo antiguo.
Al día siguiente, el pasillo del piso 11 estaba tranquilo. No hubo más pasos que se detuvieran en su puerta. La ciudad volvió a su ruido habitual, pero Camila tuvo en su bolsillo la fotografía antigua y la carta que había encontrado. Decidió dejar ambas en una caja dentro del armario: no para esconder el pasado, sino para custodiarlo.
FINAL
Camila nunca olvidó la frase que la mujer dejó: “No eres la primera… pero serás la última.” La interpretó como una responsabilidad. Desde entonces, cada vez que recibe a alguien nuevo en su edificio, les regala la misma advertencia con una sonrisa: “Escucha cuando las paredes te hablen. Algunas piden ser recordadas.”