La casa que nunca mostró su sombra

“La Casa Que Nunca Reflejaba Su Sombra”

 

Mariela siempre caminaba deprisa por el barrio, pero aquella noche sintió un extraño impulso de detenerse frente a la vieja casa abandonada donde, inexplicablemente, su sombra parecía perderse en un punto que ningún otro vecino notaba.

 

 

Aunque era una mujer fuerte y segura, algo dentro de ella vibró con una mezcla de ansiedad y curiosidad, como si una presencia silenciosa estuviera invitando a acercarse para mostrarle una verdad largamente escondida.

 

desarollo de la historia 

Había escuchado historias antiguas sobre ese lugar, rumores de personas que aseguraban oír sus nombres susurrados entre las grietas de la madera, pero Mariela nunca creyó en esas cosas hasta que vio la puerta entre abrirse lentamente sin que nadie la tocara.

 

 

La oscuridad de la entrada no era una simple ausencia de luz, sino un espacio denso y profundo que parecía absorber el aire, haciéndole sentir que cada paso que daba la alejaba más del mundo que conocía.

 

 

Al entrar, el piso crujió bajo su peso, aunque no de la manera habitual, sino como si la casa estuviera reconociendo, registrando su presencia y evaluando si era digna de descubrir aquello que llevaba años protegiéndome.

Las paredes mostraban retratos antiguos de personas desconocidas, pero lo que realmente la hizo estremecer fue descubrir que, en una esquina de cada fotografía, aparecía una silueta con una forma sorprendentemente parecida a la suya.

 

 

Se acercó a uno de los cuadros y notó que la figura tenía una postura idéntica a la que ella solía adoptar cuando estaba nerviosa, lo cual transformó su inquietud en un miedo palpable que recorría todo su cuerpo.

 

De pronto, escuchó pasos detrás de ella, pasos lentos, pausados, casi deliberados, pero al voltear se encontró únicamente el eco resonando en el pasillo, como si la casa misma estuviera caminando junto a ella.

 

Un susurro suave atravesó el aire, pronunciando su nombre con tanta calma que parecía imposible que proviniera de algo mortal, y la voz llevaba una familiaridad inquietante que la obligó a retroceder un paso.

 

Entonces lo comprendió: la casa no quería hacerle daño, sino revelarle algo que había estado esperando durante años, algo relacionado con la noche en que ella desapareció por unos segundos cuando era apenas una niña, un recuerdo que su mente siempre evitó.

 

 

Justo cuando intentó unir las piezas, una sombra emergió lentamente desde el rincón más oscuro del salón, y aunque su forma era la suya, sus movimientos imitando los gestos que Mariela jamás había hecho.

 

La sombra levantó la cabeza y, con una sonrisa que no le pertenecía a ninguna versión de ella, murmuró que había llegado el momento de decidir cuál de las dos podía seguir viviendo en ese cuerpo.

El pasillo parecía más largo de lo que recordaba.

 

Cada puerta cerrada era un ojo que se negaba a abrirse, una boca sellada guardando secretos imposibles de pronunciar. Julián avanzaba sosteniendo la linterna como si fuese un escudo inútil contra aquella sensación que lo perseguía desde que cruzó el umbral: la certeza de que la casa sabía quién era.

 

Al fondo, encontró la habitación final.

 

Era la única puerta sin manija.

 

Empujó.

 

La estancia estaba completamente vacía salvo por un enorme espejo cubierto con una tela oscura. El polvo dibujaba siluetas de huellas antiguas alrededor, como si decenas de personas hubieran llegado allí antes que él… sin dejar rastro de salida.

 

El susurro regresó, cercano:

 

—Mírate…

 

Julián retiró la tela.

 

No vio su reflejo.

 

El espejo estaba limpio, intacto, pero la superficie devolvía solo negrura.

 

Sin rostro.

 

Sin forma.

 

El pulso le golpeó las sienes.

 

—¿Qué eres? —preguntó.

 

La casa respondió con un crujido profundo que pareció recorrer todas las paredes a la vez.

 

—Somos quienes se negaron a verse.

 

Julián recordó los motivos que lo habían llevado allí: huir del pasado, esconder culpas, vivir sin enfrentarse jamás a aquello que dolía. Entendió entonces que cada persona que turbeó aquel pasillo lo había hecho con la misma esperanza: escapar del peso de mirarse por dentro.

 

El espejo no mostraba el rostro porque exigía algo más grande que una imagen.

 

Exigía verdad.

 

—No vine a esconderme —murmuró—. Vine a aceptarme.

 

Cerró los ojos.

 

Cuando volvió a abrirlos, una silueta comenzó a formarse en el vidrio oscuro: su figura temblorosa emergiendo lentamente. Primero los ojos cansados, luego la línea incierta de la boca, la marca del remordimiento que siempre había llevado consigo.

 

Por primera vez… se vio.

 

El susurro se disipó.

 

El aire se volvió ligero.

 

La linterna dejó de parpadear.

 

Al salir, el pasillo ya no parecía infinito. Las puertas ahora estaban abiertas de par en par, vacías, inofensivas.

 

Julián cruzó la entrada principal sin mirar atrás.

 

Al girarse por última vez, la casa había desaparecido.

 

Solo quedaba un terreno cubierto de maleza y polvo.

 

Sin ruinas.

 

Sin cimientos.

 

Como si nunca hubiera existido.

 

Comprendió la verdad final mientras caminaba hacia la carretera:

 

La casa no necesitaba mostrar su rostro…

 

Porque siempre había sido el reflejo del suyo.

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