
El Indigente que Sabía Demasiado
La primera vez que lo vi, estaba sentado en la esquina más oscura del mercado central, cubierto con una manta tan vieja que parecía haber sobrevivido a décadas de tormentas, y aunque muchos lo ignoraban por miedo o lástima, había algo inquietante en su mirada fija que capturó mi atención de inmediato sin necesidad de palabras.
No era un indigente común; sus ojos seguían cada movimiento con una precisión que no correspondía a la fragilidad de su cuerpo delgado, y al observarlo mejor, noté que su barba enmarañada escondía una mandíbula firme, como si debajo de aquella apariencia descuidada se ocultara alguien que había sido otra cosa antes de perderlo todo.
Pasé varios días caminando por la misma zona solo para confirmar que no era producto de mi imaginación, y cada vez que lo veía, él levantaba la vista un segundo antes de que yo apareciera, como si pudiera anticipar mis pasos, lo cual me hizo pensar que conocía más de lo que debería sobre quienes lo rodeaban.
Una tarde, mientras la lluvia comenzaba a caer sobre los techos oxidados del mercado, decidí acercarme por primera vez sin saber realmente qué iba a decir, pero antes de abrir la boca, él levantó una mano temblorosa y con voz firme pronunció mi nombre completo, dejándome paralizado en medio del aguacero.
No tenía forma de conocerlo, ya que jamás lo había visto antes, y sin embargo lo dijo con una seguridad que heló mi sangre, lo que provocó que diera un paso atrás impulsado por un instinto de alerta, pero él solo sonrió con una expresión triste, como si hubiera esperado ese encuentro durante mucho tiempo.
“Te lo advertí cuando eras niño”, murmuró, mientras la lluvia golpeaba la acera con violencia, y aunque su voz era ronca, transmitía una claridad aterradora, haciendo que mis recuerdos se agitaran de manera caótica, buscando desesperadamente algún momento en el pasado en el que aquella frase pudiera tener sentido.
No encontré ninguno, pero algo en mi interior reaccionó, como un eco lejano escondido en algún rincón de mi memoria, y fue esa sensación la que me obligó a quedarme en vez de huir, aunque cada fibra de mi cuerpo me decía que debía alejarme lo más rápido posible.
El indigente bajó la mirada, dejando que gotas de lluvia resbalaran por su frente, y con voz apenas audible dijo que todo había comenzado mucho antes de que yo naciera, cuando una decisión equivocada dividió a su familia y los obligó a cargar con una maldición que se transmitía de generación en generación.
Escuchar la palabra “maldición” habría sido motivo suficiente para reír si no fuera por la manera en que la pronunció, con un temblor en los labios que revelaba un miedo auténtico y profundo, un miedo que no se ve en los cuentos, sino en quienes han vivido situaciones que superan cualquier lógica conocida.
Luego levantó la manta que cubría su pecho, revelando una marca oscura en la piel, casi como una quemadura en forma de espiral, que se movía ligeramente como si tuviera vida propia, y al verla, sentí un mareo repentino que me obligó a apoyarme en la pared porque aquella figura se parecía demasiado a algo que yo también había soñado durante años sin explicación alguna.
El viejo notó mi reacción y asintió con una tristeza profunda, como si ya supiera que yo había visto esa espiral antes, y me dijo que no se trataba de un símbolo, sino de una advertencia, un recordatorio de algo que había sido sellado hace mucho tiempo para evitar que escapara al mundo.
Comenzó a contarme que en su juventud había pertenecido a un grupo dedicado a estudiar fenómenos inexplicables, y que un día encontraron una entidad atrapada en un lugar remoto, un ser que no era humano ni animal y cuya presencia alteraba la mente de quienes lo observaban por demasiado tiempo.
Intentaron destruirlo, pero cada intento falló, y cada fracaso dejó marcas en la piel de quienes lo enfrentaron, marcas idénticas a la espiral que ahora llevaba grabada en su cuerpo, una señal que no solo dolía constantemente, sino que también hacía que la mente se llenara de voces que no pertenecían a este mundo.
Con los años, casi todos los miembros de aquel grupo murieron o desaparecieron sin dejar rastro, excepto él, quien cargaba el peso de no haber podido sellar completamente a la criatura, lo que significaba que el peligro no había sido eliminado, sino apenas retrasado.
Entonces me confesó algo que me dejó sin palabras: según sus visiones, aquella entidad había escogido a alguien de mi línea familiar para liberarse definitivamente, y aunque no sabía la razón exacta, estaba convencido de que yo era el último eslabón necesario para abrir el sello que tanto habían intentado mantener cerrado.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, porque aunque quería negar todo lo que decía, la espiral que él llevaba era la misma que aparecía en mis sueños desde que tengo memoria, sueños donde una sombra sin forma susurraba mi nombre como si tratara de llamar mi atención desde un abismo sin fin.
El indigente me pidió que no regresara al mercado durante una semana, ya que la entidad estaba más activa en esa zona, donde el sello debilitado pulsaba bajo el suelo, pero cometí el error de volver al día siguiente impulsado por una mezcla de incredulidad y orgullo que no supe controlar.
Esa noche, mientras caminaba por el pasillo central del mercado ya cerrado, escuché un sonido que jamás olvidaré, un susurro tan profundo que parecía provenir del mismísimo suelo, acompañado de un viento frío que no debía existir en un lugar completamente cerrado.
La espiral en mis sueños se proyectó frente a mí, brillando como un ojo oscuro que intentaba abrirse lentamente, mientras el aire se tornaba más pesado y mis piernas temblaban sin control, obligando a retroceder hasta que tropecé con una caja y caí al suelo respirando con dificultad.
Antes de que la sombra tomara forma completa, una mano me sujetó por el brazo con fuerza sorprendente, y cuando levanté la vista, vi al indigente con el rostro bañado en sudor y un miedo palpable, arrastrándome fuera del edificio mientras la espiral en su pecho ardía como un hierro al rojo vivo.
Me llevó hasta la calle, donde la luz de un farol parpadeaba de manera irregular, y se desplomó de rodillas mientras luchaba contra un dolor invisible, asegurando que había usado las últimas fuerzas que le quedaban para cerrar el sello una vez más, aunque sabía que esa sería su última intervención.
Con voz débil, me dijo que a partir de ese momento todo dependía de mí, porque la conexión que la entidad había establecido conmigo no desaparecería tan fácilmente, y si no encontraba la manera de romper ese vínculo, la criatura eventualmente lograría escapar, usando mi mente como puerta.
Cuando intenté ayudarlo a levantarse, él tomó mi muñeca y presionó su palma contra mi piel, dejando una marca tenue en forma de espiral que ardió durante varios segundos, y con esa marca transmitió lo que quedaba de su resistencia, un fragmento de energía que apenas podía contener la oscuridad que nos rodeaba.
El indigente murió minutos después, con una expresión tranquila que contrastaba con la tormenta que había desatado en mi interior, y mientras lo observaba, sentí un leve susurro detrás de mí, tan suave que casi se confundía con el viento, pero lo suficiente claro para entender que aquello apenas estaba comenzando.
Desde entonces, cada noche despierto con la sensación de que alguien se sienta al borde de mi cama, respirando muy cerca de mi oído, esperando el momento exacto en que mi voluntad sea lo suficientemente débil para romper el sello que aquel hombre trató de proteger hasta su último aliento.