
Calle
Ayudé a un Indigente de la Calle
Durante años pasé por la misma avenida sin prestar demasiada atención a las personas que vivían en la calle, porque como muchos otros, aprendí a caminar con prisa fingiendo que nada de eso me afectaba, aunque en el fondo sabía que cada rostro escondía historias profundas que jamás nos atrevíamos a escuchar con verdadera intención.
Aquella tarde, sin embargo, sucedió algo diferente al notar que un indigente me observaba fijamente desde la esquina, lo que hizo que mi paso se volviera más lento de lo normal y que mi curiosidad despertara con una fuerza que nunca antes había sentido en situaciones similares.
El hombre estaba sentado sobre un pedazo de cartón desgastado que parecía haber resistido demasiadas lluvias, y a pesar de su ropa rota y el cabello largo y descuidado, había algo en su postura que lo distinguía de los demás, especialmente porque sostenía un cartel extraño donde no pedía dinero, comida o ayuda, sino algo mucho más inquietante: “Si puedes verme, necesito que te detengas”.
Esa frase fue suficiente para obligarme a frenar sin pensarlo, pues sentí que iba dirigida específicamente hacia mí, como si me hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo.
Cuando me acerqué lo suficiente, levantó su rostro y pude notar que sus ojos, aunque marcados por el cansancio y la suciedad, tenían una claridad sorprendente, una lucidez que no combinaba con el resto de su apariencia.
Me miró con una especie de reconocimiento imposible de explicar, como si ya supiera quién era, qué hacía allí y por qué debía detenerme en ese preciso instante, lo cual me generó un escalofrío inesperado que me obligó a respirar profundamente para mantener la compostura.
—Me alegra que hayas venido —dijo con una voz ronca, pero firme—. Pensé que seguirías ignorando como hiciste todos estos días.
Sus palabras me desconcertaron, porque yo juraba no haberlo visto jamás, aunque él aseguraba lo contrario con una seguridad casi perturbadora. Quise preguntarle qué quería, pero levantó la mano lentamente, señalando una silla metálica abandonada junto a una pared , invitando a sentarme como si lo que estaba a punto de contar no pudiera decirse de pie.
Con cierta desconfianza me senté, intentando no hacer contacto con la superficie fría y oxidada, mientras él acomodaba su chaqueta desgarrada sobre sus piernas.
Se tomó unos segundos para examinar el entorno, como si sospechara que alguien nos observaba desde algún lugar cercano, lo que aumentó mi sensación de inquietud, porque la avenida estaba extrañamente silenciosa para una hora tan concurrida como esa.
Finalmente comenzó a hablar, explicando que él no siempre había vivido en la calle, sino que en el pasado había tenido un trabajo estable, una familia funcional y un futuro prometedor, hasta que una noche ayudó a una mujer aparentemente perdida.
Según su relato, aquella mujer tenía un comportamiento extraño, con movimientos lentos y una mirada tan profunda que parecía traspasar la piel, como si observara directamente el alma de quien la mirara por más de unos segundos.
La historia tomó un giro más oscuro cuando dijo que, después de ayudarla, comenzó a escuchar voces susurrando su nombre en lugares completamente vacíos, lo que lo llevó a creer que la mujer no era humana, sino algo que solo imitaba la forma de una persona para conseguir que alguien se acercara.
Yo intenté interrumpir lo para pedir detalles, pero él levantó la mano nuevamente, pidiéndome silencio, mientras su mirada cambiaba a una mezcla de miedo y urgencia que hablaba por sí sola.
Explicó que desde aquel encuentro comenzó a ver una figura oscura siguiéndolo a todas partes, especialmente en reflejos y superficies brillantes, como si la entidad prefiriera aparecer en lugares donde la realidad se deformaba ligeramente.
Dijo que, al inicio, creyó que estaba perdiendo la cordura, pero la sombra se volvió tan persistente que terminó perdiendo su trabajo, alejándose de sus seres queridos y finalmente viviendo en la calle para evitar que alguien más resultara afectado por aquella presencia.
La parte más perturbadora de su relato llegó cuando confesó que la sombra, en ocasiones, imitaba su voz para llamarlo desde atrás, pero que nunca debía voltear de inmediato, porque eso era lo que la entidad buscaba para acercarse aún más.
Su advertencia me provocó un estremecimiento intenso, porque aquella sensación de ser llamado por alguien inexistente era algo que yo mismo había experimentado en más de una ocasión, aunque siempre lo había atribuido al cansancio o al estrés diario.
El indigente se inclinó hacia mí, casi susurrando para evitar que alguien más escuchara, y me dijo que la razón por la que necesitaba hablar conmigo era porque había visto la misma sombra siguiéndome durante varios días.
Afirmó que la entidad había comenzado a imitar mi forma, apareciendo en el borde de mi visión periférica durante la noche, lo que según él indicaba que yo estaba en la etapa inicial del vínculo, un punto del que aún podía escapar si actuaba con suficiente cuidado.
Intenté negar todo, pero mientras él hablaba, recordé detalles inquietantes que coincidían con su descripción: la sensación de ser observado al apagar las luces, el reflejo extraño que vi una madrugada en la puerta de la cocina, y aquella vez que escuché mi nombre en un tono demasiado suave para ser humano.
Aunque quise creer que todo tenía una explicación lógica, una parte de mí sabía que no era coincidencia que este hombre dijera exactamente lo que yo había vivido en silencio.
Él me entregó un pequeño amuleto hecho con hilos rojos, asegurando que no tenía poderes sobrenaturales, pero sí un efecto psicológico que podía ayudarme a mantener la mente firme en momentos en los que sintiera que la sombra estaba demasiado cerca.
Me advirtió que en las próximas noches debía evitar estar solo en habitaciones oscuras durante mucho tiempo, especialmente si sentía un cambio repentino de temperatura, porque ese era el signo más claro de que la entidad estaba cerca.
Después de aquella conversación me levanté con la intención de agradecerle, pero cuando miré hacia la caja donde estaba sentado, él ya no se encontraba allí.
Era como si se hubiera desvanecido entre la multitud inexistente de la avenida, sin dejar rastro de su presencia ni señal alguna de que realmente había estado conmigo minutos antes. Regresé a casa con una inquietud creciente, sintiendo que la oscuridad parecía más pesada y que cada sombra alrededor de mí tenía un movimiento sutil que no debería existir.
Esa noche, mientras apagaba las luces del pasillo, escuché un leve susurro pronunciando mi nombre con un tono lento y frío, exactamente como él había descrito.
Recordé su advertencia y mantuve la mirada hacia adelante, ignorando el impulso natural de girarme, porque sentía una presencia detrás de mí tan real que me erizó la piel por completo. Repetí mentalmente su consejo hasta lograr llegar a mi habitación, donde cerré la puerta con el corazón golpeando mi pecho con una fuerza casi dolorosa.
Desde entonces no he vuelto a ver al indigente en ninguna esquina de la ciudad, como si su única misión hubiera sido advertirme antes de desaparecer definitivamente.
Sin embargo, cada noche vuelvo a escuchar ese susurro que pronuncia mi nombre desde algún rincón oscuro, recordándome que la historia que me contó no era una simple fantasía de alguien sin hogar, sino la prueba de que hay cosas en este mundo que no comprendemos y que se acercan silenciosamente cuando menos lo esperamos.